Crónica XXV

ataque

«Non tienes por qué venir conmigo, si non lo deseas», me ha dicho Diego, pero siento que mi destino está unido al suyo et non pienso separarme de él. La decisión de Don Rodrigo está tomada. El grueso de sus tropas se quedará en Valencia, bajo su mando, et trescientos de sus mejores caballeros, al mando de su hijo, partirán hacia Conssogra, ciudad amurallada et con una poderosa fortaleza en la que ya se están concentrando las huestes castellanas et leonesas.

Es la primera vez que me separo de Bermudo, pero el Cid ha sido tajante: «Te necesito aquí, adiestrando a mis hombres». Al despedirme de él he notado  brillo en sus ojos et  temblor en sus palabras. Me ha abrazado con fuerza,  como un padre al hijo que parte a un destino incierto.

Crónica XV

reto

Un corro de gritos et carcajadas nos rodea. Nuestros adversarios nos miran con desprecio, dispuestos a dar un buen escarmientos a aqueste par de insolentes. El primer ataque ha ido contra Bermudo que, ante el asombro de los espectadores,  ha fecho una finta et, non sé cómo, ha colocado el cuello de su adversario entre el suelo et su espada. El otro caballero, más prudente, me ha observado con precaución et lanzado algunos golpes de tanteo, seguidos de una serie interminable que he ido parando cada vez con menos fuerza. Cuando ya me veía perdido, ha soltado espada et escudo et me ha abrazado, mientras gritaba: «¡Bravo por el muchacho! Al menos sabe defenderse»

Crónica XXVI

castillo

Las murallas de Conssogra son imponentes. Bordean toda la ciudad, que se encuentra entre un río  con aguas escasas en aqueste mes de agosto et un montículo coronado con una gran muralla que protege un castiello enorme, inexpugnable diría yo. Sus callejuelas, estrechas et llenas de una mezcla de caballeros, escuderos, siervos, campesinos, mercaderes, clérigos, homes con turbantes et mulieres con velo. Carruajes tirados por burros confluyen en una amplia plaza en la que los vendedores vociferan sus productos. En sus numerosas tabernas corre el vino et algunas damiselas alegran la vida de nobles et rufianes.

Crónica XVI

arrabales

Las tiendas se apiñan junto al arrabal, do viven los caballeros más veteranos en casuchas medio derruidas.  Unas quince personas, entre caballeros et escuderos, nos amontonamos con nuestras escasas pertenencias bajo una jaima oscura, sin duda  botín de alguna batalla. Desde aquí veo las murallas de Valençia, tras las que se encuentra nuestro nuevo señor, Rodrigo Díaz de Vivar. «Mañana le conocerás», me ha prometido Bermudo, henchido de orgullo. «Se alegrará de verte».

Crónica I

Face un día magnífico, un remanso entre aquestos gélidos días que habemos sofrido. La tierra se encuentra húmeda et un sol radiante ilumina un cielo azul con muy pocas nubes. Las lluvias abundantes darán una gran cosecha et los campesinos no pasarán hambre ogaño. Mi padre, a pesar de su delicada salud, se halla feliz et mi hermano mayor, el primogénito, no oculta su satisfacción ni pierde ocasión de recordarme  que él será el único heredero. Presiento  que, como la vida de mi padre, el tiempo de permanecer en aquestas tierras se me agota.

puentemedieval

Crónica II

entrenador

Como cada día, he practicado el manejo de la espada et la lanza con Bermudo, el viejo compañero de armas de mi padre. A pesar de su edad et de faltarle el brazo siniestro, que le cercenó por el codo un musulmán al que envió al paraíso, se desenvuelve con más agilidad que muchos jóvenes.

Sé que me aprecia de verdad et, aunque el entrenamiento es agotador, le creo cuando diçe que de mi preparación de hoy, mañana puede depender mi vida. Según su costume, había comenzado a contarme una de sus andanzas, pero ha enmudecido ante la llegada de unos visitantes.

Crónica III

monjecerca

Sentado en su poltrona, la tos apenas da tregua al pobre anciano, por lo que he de adivinar sus palabras entrecortadas, que caen sobre mí como agua helada. Junto a él, el padre Estanislao, prior del monasterio limítrofe con nuestras tierras, revisa unos pergaminos et me mira con curiosidad, tratando de adivinar los pensamientos que bullen en mi cabeza:  «Fillo mío, entre los monjes podrás llevar una vida placentera et tal vez algún día llegues a ser abad o prior, o tal vez obispo… Créeme, Ansur, es lo mejor para ti».

Crónica IV

lampara

Poco antes del toque del Angelus  ha venido a buscarme a la huerta el hermano Anselmo. Fatigado por la carrera apenas ha balbucido unas palabras, pero he comprendido enseguida que algo grave ha sucedido et que el  prior reclama mi presencia. Sucio de tierra el hábito et embarrados los pies he acudido a la sala capitular. Cuando mis ojos se han acostumbrado a la oscuridad me ha dado un vuelco el corazón:  junto al padre Estanislao he distinguido la inconfundible figura mutilada de Bermudo.

Crónica V

mirada La fría et fina lluvia de otoño soriano empapa los negros ropajes de familiares et amigos. Los restos del viejo infanzón reposan ya en su última morada. Apenas ha caído la primera paletada de tierra,  he sentido clavarse en mí la penetrante mirada del nuevo señor. Un escalofrío ha recorrido mi cuerpo ante el gesto impasible de mi hermano.

Algo me diçe que la muerte de mi padre es el inicio de un cambio en mi vida.

Crónica VI

abandono El prior non ha podido ser más claro. La muerte de mi padre ha impedido que se firme la entrega de tierras prometidas al monasterio et el legítimo heredero non reconosce el compromiso adquirido, por lo que, muy a su pesar, si deseo seguir permaneciendo aquí  ha de ser en calidad de criado. Un fuego intenso me ha subido del pecho a la cabeza. La ira contenida durante aquestos últimos meses ha estallado en mi garganta et un “¡Jamás!” ha retumbado en la celda que he de abandonar.